Publicado el 27.08.2022 en Noticias de Arte Cubano

Cuando era pequeño, mis padres me llevaban regularmente al Museo Nacional de Bellas Artes. Por aquellos años solo ocupaba el edificio moderno de Trocadero, entre Zulueta y Monserrate, en el que se repartían todas las colecciones. Recuerdo poco, en realidad solo sensaciones. Después, con el paso de los años, pude ponerles imágenes a esos recuerdos al revisar fotos y postales tomadas en las salas. A mi corta edad me parecía fantástica la museografía de la sala que albergaba la colección del conde de Lagunillas. Me quedaba fascinado ante Lam, pasábamos mucho tiempo delante de sus cuadros; y también tengo un grato recuerdo de Relaciones, de Tomas Sánchez, que aún me impresiona.
Quizás el único recuerdo no construido en mi memoria con posterioridad fue el del exuberante patio. Parecía una jungla, siempre verde, siempre fresco, un oasis en medio de los calores tropicales. Disfruté mucho la sombra de los árboles que ocuparon las aceras. Ahora diríamos que ese museo era capaz de integrar, de forma armoniosa, el arte y la vida en una expresión eco-sostenible que proveía de frescor y sombra a los visitantes y transeúntes, todo lo cual desapareció con la renovación-restauración de principios de siglo XXI. Mientras centros de arte como el Caixa Forum en Madrid, el Museo Quai Branly en París o el Perez Art Museum en Miami incorporan fachadas vivientes,en Cuba, donde el sol calienta inmisericorde las fachadas y paredes interiores del edificio moderno de nuestro Museo de Bellas Artes, los árboles y la vegetación fueron removidos casi en su totalidad.


También en ese patio recuerdo varias conversaciones sobre el futuro del museo entre algunos especialistas, incluidos mis padres, que se debatían sobre las necesidades de ocupar nuevos edificios para albergar las colecciones que no habían dejado de crecer, y que dormían un sueño más o menos eterno en los almacenes. No todo podía estar en sala, pero se hacía necesario repensar los espacios.
Cuando fuimos a la apertura del antiguo Centro Asturiano, recuerdo también que, en medio de la alegría de una nueva sede, mi padre me confesó que era una pésima elección. Me explicaba que un museo de arte en una ciudad capital como La Habana no solo debería estar insonorizado, sino que su interior debería proteger del polvo, el smog y la luz solar a las obras de arte, independientemente del material con que estuvieran hechas, pero con atención a las obras de pigmentos sobre tela, y en especial a todo lo realizado sobre papel, ya fueran acuarelas, temperas, tintas -en las técnicas de dibujo o grabado- pues el papel se degrada con mucha rapidez ante los efectos de la fuerte luz del sol tropical. Por tal motivo, un edificio rodeado de ventanas no podría ser otra cosa que un contrasentido. La sombra, la humedad y temperatura constantes contribuyen a frenar el deterioro natural de las obras de arte, en especial de aquellas realizadas con materiales baratos sobre cualquier tipo de superficie, como las que hacen muchos artistas en sus comienzos, durante sus estudios, o simplemente cuando se encuentran en fases de experimentación.
Las salas permanentes de la colección cubana terminan en los primeros años de la década del noventa del siglo XX, o sea, hace casi más de treinta años. Existen varios artistas con el Premio Nacional de Artes Plásticas que no se exhiben en la colección permanente, simplemente porque sus obras son posteriores a este período. Por todo esto un museo de arte contemporáneo es inminente, no solo para presentar la obra de los contemporáneos, sino como inversión de cara al futuro. Los modelos planteados por museos como el MAXXI (Zaha Hadid Architects, 2009) o el Palazzo delle Esposizioni de Roma, permiten no solo rentabilizar las exposiciones, sino también convertirlas en sucesos memorables a través de un articulado y bien concebido proceso de promoción y documentación, que se revierte en publicaciones y suvenires a disposición del público. También incorporan otros espacios como cafeterías, restaurantes y salones multifuncionales que ayudan a establecer el espacio museo dentro de la vida social de la ciudad. Por tanto, un museo de arte contemporáneo no es solo una caja, y si así fuese, como es el caso de The Broad en el Downtown de Los Ángeles, diseñado por Diller Scofidio + Renfro, terminado en 2015, es de vital importancia que la caja tenga un portal para proveer de sombra a los visitantes mientras esperan para acceder al edificio, y en la parcela contigua un parque arbolado que también ofrezca sombra a los transeúntes.




Jeff Duran / Warren Air
Benny Chan

Jeff Duran / Warren Air
Benny Chan
Pero en La Habana no sería necesario gastarse los 140 millones de dólares que costó The Broad, o los 36 millones de euros de la expansión del Museo del Prado realizada por Rafael Moneo, o los 92 millones que costó el proyecto de Jean Nouvel para el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, también en Madrid. En La Habana ya tenemos edificios que, sin alejarnos del centro de la ciudad, pudieran adaptarse a un museo, y todo ello con costos seguramente menores.
Hace treinta años, muchos especialistas apostaron por los edificios de antiguas tiendas por departamentos del boulevard de San Rafael o la calle Galiano, sin el glamour del Vedado o del centro histórico, pero en las zonas más concurridas de la ciudad. Estaban ya diseñados para aguantar la circulación interior de muchas personas, con almacenes, vidrieras, oficinas, amplios espacios para ajustarse a las museografías más conservadoras o las más experimentales; con parcelas vacías en las cercanías, susceptibles de ser anexados como parques de esculturas, con una evidente función social, como en el caso del museo Guggenheim de Bilbao y, lo más notable, con la capacidad de contribuir a la revitalización de las más importantes arterias comerciales de la ciudad a partir de una intervención cultural. La pregunta es: ¿Por qué no se consideraron ninguno de estos espacios, actualmente subutilizados, para albergar alguna de las propuestas de museo de arte contemporáneo? Según la Dra. Gina Rey en el artículo La Habana: pasado, presente y futuro, la valorización del área central de la ciudad «debe dirigirse a la rehabilitación integral de su fondo habitacional para mejorar condiciones de habitabilidad, que tengan como sustento económico los recursos que se generan en la valorización de su patrimonio cultural material e inmaterial, las industrias culturales, el diseño y la informática».



Un museo de arte contemporáneo integrado al eje ya existente -edificios Arte Cubano y Arte Universal- pudiera ser una pieza clave en el surgimiento y desarrollo de estas industrias. Como edificio único o como complejo descentralizado de espacios expositivos, un museo de arte contemporáneo sería uno más entre los agentes catalizadores necesarios en la creación y transmisión de valores culturales. Al mismo tiempo, pudiera trascender los límites conceptuales y tecnológicos de su tiempo al integrar las narrativas simbólicas conformadoras de estos valores en el espacio arquitectónico definido dentro de las dinámicas urbanísticas.
